La gente -sí, esa pinche gente- dice que cuando la tristeza nos deja la inspiración se va, porque sin dolor no hay creatividad; discrepo.
Hace ya tanto, tanto, que no puedo escribir, mis manos se niegan, la mente se queda en blanco, lo intento y lo intento y los malditos círculos vicios me hacen recaer en el vicio y jure que ya nunca más pero, justamente como Peter, no crezco.
El otro día, el sermón del padre me hizo poner atención, deci al algo así de aquellas personas que se ven tan tranquilas, tan serenas, sonriendole a la vida y uno cree que son felices, pero en verdad no sabemos cuanta chingada cosa van cargando, y tampoco nos preocupa, como seres humanos el egoísmo es la primera de nuestra cualidades.
Son dos, por lo pronto dos, la escritora y la chef.
La Escritora, criatura divina de palabras mosas, de letras de ropajes diversos, tan bipolares como su dueña; ella dijo "Adiós".
La Chef, pequeña niña queriendo correr, volar de ser posible a la luna de un salto, peleándose con el ingles, tejiendo hermosos sueños especiados y acompañandolos con pan francés; ella dijo "Chau".
Se fueron dejando letras endulcoradas a su paso, yo solo pensaba "esta bien, así es como tiene que ser"
quizá eso sea lo único seguro, que todos nos vamos, que huimos, que escapamos, algunos -como yo- lo hacemos a lo descarado, otros con mas tiendo y otros maliciosamente.
Hay cosas que no entiendo y esta bien, no puedo entenderlo todo, me aburriría mucho sabiendo que no puedo romperme la cabeza con algo tan simple.
Solía vivir feliz en mi ignorancia.
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